¿Qué son los Centinelas de Cirith Ungol?
Los Centinelas son estatuas que actúan como guardianes de las fortalezas de Minas Morgul y Cirith Ungol. Pero no son simples piedras esculpidas, y, por ello, trataremos aquí de su naturaleza.
La primera referencia a estos Centinelas se encuentra en el pasaje en que Gollum lleva a Frodo y Sam ante la Puerta Negra. Cuando Frodo dice que pretende entrar en Mordor, Gollum le responde que hay otro camino, un camino que lleva hacia Minas Morgul:
En la misma conversación, un poco más adelante, Gollum vuelve a nombrar a estos «Centinelas Silenciosos» que vigilan la Torre de la Hechicería. Pero los hobbits no llegaron a encontrarse ante ellos; muy cerca del puente que llevaba a Minas Morgul, Gollum se separó del camino y los condujo por un sendero que subía hasta las montañas y a una escalera. Eso los llevó, finalmente, a encontrarse con Ella-Laraña y la fortaleza de Cirith Ungol.
Una mención más a estos «Centinelas Silenciosos» aparece cuando Gorbag, capitán de los Uruks de Minas Morgul, y Shagrat, capitán de Cirith Ungol, entablan conversación mientras llevan el cuerpo de Frodo a la torre de este último.
En el libro, el término «Centinelas Silenciosos» solo se usa para referirse a los Centinelas de Minas Morgul, y nunca a los de Cirith Ungol, que son llamados «los Dos Centinelas». Sin embargo, nada hace pensar que su naturaleza fuera diferente. Estos últimos se describen con detalle después de que los Orcos llevaran a Frodo a Cirith Ungol y comenzaran a pelear por su cota de malla de mithril. Sam se acerca a la entrada, donde ve a «los Dos Centinelas»:
Los hobbits volvieron a encontrarse con los Centinelas cuando Sam rescata a Frodo y ambos huyen de la fortaleza. Antes de llegar al arco, «podían sentir sobre ellos la malicia de los Centinelas», pero con la ayuda de la redoma de Galadriel pudieron atravesar la puerta.
Los Centinelas eran, por tanto, estatuas con poder para impedir el paso y alertar de la presencia de enemigos. Según Michael Martínez, autor de Parma Endorion, «aparentemente fueron hechas por los númenóreanos de Gondor», aunque esta es una interpretación basada en unas palabras intercambiadas entre Snaga y Shagrat, que podrían entenderse de otro modo. Son las siguientes:
La palabra tarco significa «hombre de Gondor», «era una forma corrompida de tarkil, palabra quenya utilizada en oestron [lengua común] para designar a quien tuviera ascendencia númenóreana.» (El Retorno del Rey, apéndices, p.472).
De cualquier modo, sea quien fuese su constructor, lo que hace especiales a estas figuras es su poder. Algunos han comparado estas estatuas con las «piedras de vigilancia» de los Drúedain. En el relato de La piedra fiel, un texto de alrededor de 1969, un Drûg curandero deja una de estas piedras en casa de un amigo antes de ausentarse. Cuando unos Orcos atacan la vivienda, la piedra actúa contra ellos. Después se descubre que ha quedado dañada y que el propio Drûg presenta heridas semejantes, señal de que el poder depositado en ella seguía vinculado a su dueño.
En el caso de los Centinelas, este poder parece provenir de los espíritus maléficos que habitaban en ellos.
Según las leyes y reglas del legendarium, ningún ser salvo Eru, el Único, podía otorgar fëa (espíritu). Los Centinelas no pueden ser, por tanto, una creación espiritual de Sauron. Cabe pensar más bien en espíritus ya existentes, sometidos o corrompidos. Sabemos que los fëar de los Elfos sin hogar (hröa, cuerpo) podían rechazar la llamada de Mandos y no acudir a sus salones. Este acto de rebeldía implicaba una «mancha» (El Anillo de Morgoth, p.388). Los espíritus de Hombres y Enanos también iban a Mandos tras la muerte (El Silmarillion, p.140 y 55), pero desconocemos si podían oponerse a esa llamada.
¿Pudo el Rey Brujo o Sauron atrapar o corromper fëar de Elfos, Hombres o Enanos para que moraran en las piedras? ¿Eran Maiar de escaso poder? ¿O pertenecían a alguna otra clase de espíritus presentes en la Tierra Media, enviados por Eru, como los que fueron entre los kelvar y las olvar (El Silmarillion, p.57)? Tolkien no dio respuesta a estas preguntas.
Lo único que el texto
permite afirmar con seguridad es que los Centinelas no eran simples estatuas,
sino imágenes de piedra habitadas por una voluntad maléfica. Su naturaleza
exacta permanece, como tantos otros enigmas de la Tierra Media, sin resolver.