lunes, 13 de febrero de 2017

Centinelas de Cirith Ungol

 ¿Qué son los Centinelas de Cirith Ungol?

 

Los Centinelas son estatuas que actúan como guardianes de las fortalezas de Minas Morgul y Cirith Ungol. Pero no son simples piedras esculpidas, y, por ello, trataremos aquí de su naturaleza.

La primera referencia a estos Centinelas se encuentra en el pasaje en que Gollum lleva a Frodo y Sam ante la Puerta Negra. Cuando Frodo dice que pretende entrar en Mordor, Gollum le responde que hay otro camino, un camino que lleva hacia Minas Morgul:

«—Bueno, amo, allí estaba, y aún está allí: la torre alta y las casas blancas y el muro; pero no agradables ahora, no hermosas. Él las conquistó hace mucho tiempo. Es un lugar terrible ahora. Los viajeros tiemblan al verlo, se ocultan, evitan la sombra de los muros. Pero el amo tendrá que ir por ese camino. Ese es el único otro camino. Porque allí las montañas son más bajas y el viejo camino sube y sube, hasta llegar en la cima a una garganta sombría, y luego desciende, desciende otra vez… hasta Gorgoroth. —La voz se perdió en un susurro y Gollum se estremeció de nuevo.
—¿Pero de qué nos servirá? —preguntó Sam—. Sin duda el Enemigo conoce palmo a palmo todas esas montañas, y es seguro que en ese camino hay tantos vigías como aquí. La torre no está vacía, ¿verdad?
—¡Oh, no, vacía no! —murmuró Gollum—. Parece vacía, pero no lo está, ¡oh, no! Criaturas muy terribles viven en ella. Orcos, sí, siempre orcos; pero cosas peores; también viven allí cosas peores. El camino trepa en línea recta bajo la sombra de los muros y pasa por la puerta. Nada puede acercarse por el camino sin que ellos lo noten. Las criaturas de allí dentro lo saben: los Centinelas Silenciosos
Las Dos Torres, La Puerta Negra está cerrada, p.284

En la misma conversación, un poco más adelante, Gollum vuelve a nombrar a estos «Centinelas Silenciosos» que vigilan la Torre de la Hechicería. Pero los hobbits no llegaron a encontrarse ante ellos; muy cerca del puente que llevaba a Minas Morgul, Gollum se separó del camino y los condujo por un sendero que subía hasta las montañas y a una escalera. Eso los llevó, finalmente, a encontrarse con Ella-Laraña y la fortaleza de Cirith Ungol.

Una mención más a estos «Centinelas Silenciosos» aparece cuando Gorbag, capitán de los Uruks de Minas Morgul, y Shagrat, capitán de Cirith Ungol, entablan conversación mientras llevan el cuerpo de Frodo a la torre de este último.

«—Fea historia —dijo Gorbag—. Escucha… nuestros Centinelas Silenciosos estaban inquietos desde hacía más de dos días, eso lo sé. Pero mi patrulla no recibió orden de salir hasta el día siguiente, y no se envió a Lugbúrz ningún mensaje: a causa de la Gran Señal y la partida para la guerra del Alto Nazgûl, y todas esas cosas.»
Las Dos Torres, Las decisiones de Maese Samsagaz, p.400

En el libro, el término «Centinelas Silenciosos» solo se usa para referirse a los Centinelas de Minas Morgul, y nunca a los de Cirith Ungol, que son llamados «los Dos Centinelas». Sin embargo, nada hace pensar que su naturaleza fuera diferente. Estos últimos se describen con detalle después de que los Orcos llevaran a Frodo a Cirith Ungol y comenzaran a pelear por su cota de malla de mithril. Sam se acerca a la entrada, donde ve a «los Dos Centinelas»:

«—¡Adelante, miserable holgazán! —se increpó Sam—. ¡A la carga! —Desenvainó a Dardo y se precipitó hacia la puerta. Pero en el preciso momento en que estaba a punto de pasar bajo la gran arcada, sintió un choque: como si hubiese tropezado con una especie de tela parecida a la de Ella-Laraña, pero invisible. No veía ningún obstáculo, y sin embargo algo demasiado poderoso le cerraba el camino. Miró alrededor, y entonces, a la sombra de la puerta, vio a los Dos Centinelas.
Eran como grandes figuras sentadas en tronos. Cada una de ellas tenía tres cuerpos unidos, coronados por tres cabezas que miraban adentro, afuera, y al portal. Las caras eran de buitre, y las manos que apoyaban sobre las rodillas eran como garras. Parecían esculpidos en enormes bloques de piedra: impasibles, pero a la vez vigilantes: algún espíritu maléfico y alerta habitaba en ellos. Reconocían a un enemigo: visible o invisible, ninguno escapaba. Le impedían la entrada, o la fuga.
Sam tomó aliento y se lanzó una vez más hacia adelante, pero se detuvo en seco, trastabillando como si le hubiesen asestado un golpe en el pecho y en la cabeza. Entonces, en un arranque de audacia, porque no se le ocurría ninguna otra solución, inspirado por una idea repentina, sacó con lentitud la redoma de Galadriel y la levantó […] Por un instante vislumbró un centelleo en las piedras negras de los ojos, de una malignidad sobrecogedora, pero poco a poco sintió que la voluntad de los centinelas empezaba a flaquear y se desmoronaba en miedo.
Pasó de un salto por delante de ellos, pero en ese instante, mientras volvía a guardar la redoma en el pecho, sintió tan claramente como si una barra de acero hubiera descendido de golpe detrás de él, que habían redoblado la vigilancia. Y de las cabezas maléficas brotó un alarido estridente que retumbó en los muros. Y como una señal de respuesta, resonó lejos, en lo alto, una campanada única.»
El Retorno del Rey, La torre de Cirith Ungol, p.201-202

Los hobbits volvieron a encontrarse con los Centinelas cuando Sam rescata a Frodo y ambos huyen de la fortaleza. Antes de llegar al arco, «podían sentir sobre ellos la malicia de los Centinelas», pero con la ayuda de la redoma de Galadriel pudieron atravesar la puerta.

Los Centinelas eran, por tanto, estatuas con poder para impedir el paso y alertar de la presencia de enemigos. Según Michael Martínez, autor de Parma Endorion, «aparentemente fueron hechas por los númenóreanos de Gondor», aunque esta es una interpretación basada en unas palabras intercambiadas entre Snaga y Shagrat, que podrían entenderse de otro modo. Son las siguientes:

«Hay un gran guerrero que anda merodeando por aquí, uno de esos Elfos sanguinarios, o uno de esos tarcos inmundos. Te digo que viene hacia aquí. Has oído la campana. Pudo eludir a los Centinelas, y eso es cosa de tarcos
El Retorno del Rey, La torre de Cirith Ungol, p.206

La palabra tarco significa «hombre de Gondor», «era una forma corrompida de tarkil, palabra quenya utilizada en oestron [lengua común] para designar a quien tuviera ascendencia númenóreana.» (El Retorno del Rey, apéndices, p.472).

De cualquier modo, sea quien fuese su constructor, lo que hace especiales a estas figuras es su poder. Algunos han comparado estas estatuas con las «piedras de vigilancia» de los Drúedain. En el relato de La piedra fiel, un texto de alrededor de 1969, un Drûg curandero deja una de estas piedras en casa de un amigo antes de ausentarse. Cuando unos Orcos atacan la vivienda, la piedra actúa contra ellos. Después se descubre que ha quedado dañada y que el propio Drûg presenta heridas semejantes, señal de que el poder depositado en ella seguía vinculado a su dueño.

En el caso de los Centinelas, este poder parece provenir de los espíritus maléficos que habitaban en ellos.

Según las leyes y reglas del legendarium, ningún ser salvo Eru, el Único, podía otorgar fëa (espíritu).  Los Centinelas no pueden ser, por tanto, una creación espiritual de Sauron. Cabe pensar más bien en espíritus ya existentes, sometidos o corrompidos. Sabemos que los fëar de los Elfos sin hogar (hröa, cuerpo) podían rechazar la llamada de Mandos y no acudir a sus salones. Este acto de rebeldía implicaba una «mancha» (El Anillo de Morgoth, p.388). Los espíritus de Hombres y Enanos también iban a Mandos tras la muerte (El Silmarillion, p.140 y 55), pero desconocemos si podían oponerse a esa llamada.

¿Pudo el Rey Brujo o Sauron atrapar o corromper fëar de Elfos, Hombres o Enanos para que moraran en las piedras? ¿Eran Maiar de escaso poder? ¿O pertenecían a alguna otra clase de espíritus presentes en la Tierra Media, enviados por Eru, como los que fueron entre los kelvar y las olvar (El Silmarillion, p.57)? Tolkien no dio respuesta a estas preguntas.

Lo único que el texto permite afirmar con seguridad es que los Centinelas no eran simples estatuas, sino imágenes de piedra habitadas por una voluntad maléfica. Su naturaleza exacta permanece, como tantos otros enigmas de la Tierra Media, sin resolver.